EL RUIDO COMO ESTRATEGIA: ALITO MORENO, LILLY TÉLLEZ Y LA POLÍTICA DEL REFLECTOR

En la política mexicana contemporánea, el escándalo se ha convertido en moneda corriente. Para algunos personajes, no importa tanto el contenido como el volumen. Alejandro “Alito” Moreno es quizá uno de los ejemplos más claros de esta lógica: un dirigente priista que, ante la pérdida de relevancia electoral y credibilidad pública de su partido, parece apostar todo a la estridencia mediática.

Alito Moreno ha hecho de la provocación su principal recurso. Sus discursos suelen girar alrededor de temas sensibles del entorno social seguridad, economía, instituciones no para aportar soluciones, sino para generar titulares. La fórmula es conocida: exagerar problemas reales, añadir datos sin sustento verificable y convertir cualquier coyuntura en una supuesta “prueba definitiva” del fracaso de los gobiernos de Morena. El problema no es la crítica necesaria en toda democracia, sino la manipulación burda y la invención de fundamentos que no resisten el menor contraste con la realidad.

Resulta paradójico que quien intenta erigirse como fiscal moral del país sea el mismo que defiende los antecedentes del PRI, un partido marcado por décadas de corrupción, autoritarismo y crisis económicas. Cuando Alito habla de “defender a México”, evita mencionar episodios como el Fobaproa, los escándalos de gobernadores priistas prófugos o encarcelados, o la normalización del uso clientelar del poder. Lo indefendible se maquilla con gritos, conferencias improvisadas y mensajes diseñados más para la confrontación que para la reflexión.

En este teatro político no actúa solo. Lilly Téllez, hoy convertida en una figura recurrente del espectáculo mediático, ha seguido una ruta similar. Sus intervenciones parecen calculadas para generar polémica inmediata: declaraciones incendiarias, gestos dramáticos y un discurso que privilegia el impacto viral sobre la argumentación sólida. La política se reduce así a un concurso de ocurrencias donde lo importante es estar en el centro del reflector, aunque sea a costa del debate serio.

A esta estrategia se suma un factor cada vez más evidente: la inversión masiva en campañas digitales. Diversos analistas y especialistas en comunicación política han señalado la existencia de operaciones en redes sociales que buscan amplificar artificialmente mensajes de oposición al gobierno actual. No se trata solo de publicidad pagada, sino de ejércitos de cuentas automatizadas los llamados bots que inflan cifras de interacción, posicionan tendencias y crean la ilusión de un descontento social homogéneo y permanente. Millones de comentarios, “me gusta” y retuits que no necesariamente representan a ciudadanos reales, sino a algoritmos al servicio de una narrativa.

El resultado es una conversación pública distorsionada. Mientras Alito Moreno y Lilly Téllez denuncian una y otra vez la “manipulación” del poder, recurren a las mismas prácticas que critican: ruido, desinformación y espectacularización del conflicto. La política, en lugar de ser un espacio para contrastar proyectos de nación, se convierte en un circo de acusaciones sin sustento.

México necesita oposición, sí, pero una oposición responsable, con memoria histórica y propuestas claras. Lo que hoy ofrecen estos personajes es, más bien, una lucha desesperada por no desaparecer del radar mediático. Y en esa desesperación, el debate público es el principal damnificado.

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