LA ROSCA DE REYES LA TRADICIÓN QUE SE VOLVIÓ UN LUJO

Durante generaciones, el Día de Reyes fue una de las celebraciones más accesibles para las familias mexicanas. Compartir una Rosca de Reyes no implicaba endeudarse ni hacer sacrificios económicos importantes. Era un gasto moderado, asumible, ligado más al valor simbólico que al precio. Hoy, esa tradición enfrenta una realidad distinta: celebrar cuesta más y cada año es menos accesible.
En solo cinco años, el precio de la Rosca de Reyes ha registrado incrementos acumulados que superan el 60 % en algunos casos. En 2021, una rosca familiar tradicional podía encontrarse entre 200 y 300 pesos; para 2026, el mismo producto se vende entre 290 y 650 pesos, mientras que versiones grandes o con relleno alcanzan precios de 800, 900 y hasta más de 950 pesos.
Este aumento no es percepción, es una consecuencia directa del contexto económico. De acuerdo con datos de análisis de mercado y medios financieros, los principales insumos para la elaboración de pan dulce han sufrido incrementos significativos:
la levadura ha subido más del 30 %, el huevo y el ate alrededor del 20 %, la harina de trigo más del 10 %, y la leche cerca del 9 % en el último año. A estos costos se suman el encarecimiento del gas, la electricidad, el transporte y la mano de obra.
El resultado es claro: producir una rosca hoy cuesta considerablemente más que hace cinco años, tanto para grandes cadenas como para pequeñas panaderías de barrio. Incluso los negocios tradicionales, que durante décadas fueron la opción más económica, se han visto obligados a elevar precios para no operar con pérdidas.
Pero el fenómeno no se explica solo por la inflación. El mercado también transformó el significado del producto. La popularización de roscas de gran tamaño en supermercados y clubes de precio —con fuerte presencia en redes sociales— elevó la referencia de lo que “debe ser” una Rosca de Reyes. El pan dejó de ser únicamente un símbolo familiar y pasó a competir en tamaño, relleno, presentación y estatus.
Este cambio impactó directamente en el consumidor. Hoy, el gasto promedio por familia para celebrar el Día de Reyes —considerando rosca y bebidas— se estima en más de 900 pesos, frente a los 700–750 pesos que se destinaban apenas hace unos años. Para hogares con ingresos ajustados, este monto representa una carga difícil de asumir en enero, uno de los meses económicamente más complicados del año.
La consecuencia social es evidente: una tradición pensada para todos comienza a excluir. Muchas familias optan por comprar roscas más pequeñas, compartir entre varias casas o simplemente prescindir de la celebración. Otras sustituyen el producto tradicional por versiones caseras o alternativas más baratas. El ritual persiste, pero se transforma por necesidad, no por elección.
El caso de la Rosca de Reyes es un reflejo más amplio del problema económico que enfrenta el país. Los precios suben con rapidez, mientras los salarios no lo hacen al mismo ritmo. En ese contexto, incluso las costumbres culturales más arraigadas se vuelven un lujo ocasional.
La pregunta ya no es quién tiene la mejor rosca, sino quién puede permitirse comprarla. Y cuando una tradición deja de ser accesible, deja también de cumplir su función social: unir, compartir y celebrar en igualdad.
La Rosca de Reyes sigue siendo símbolo de encuentro, pero hoy también es un recordatorio de una realidad incómoda: en México, hasta las tradiciones pagan el costo de la inflación.

Por: Roberto Flores Piña

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