Las imágenes de venezolanos celebrando tras la captura de Nicolás Maduro han generado reacciones encontradas alrededor del mundo: desde la condena tajante por celebrar una intervención extranjera hasta acusaciones simplistas de que todo se reduce al petróleo. Pero antes de juzgar ese momento de alivio colectivo, hay que poner hechos, números y contexto histórico delante de los prejuicios.
Porque no se trata únicamente de geopolítica, sino de la vida diaria de millones de personas que vivieron en carne propia la peor crisis reciente de América Latina.
La situación que dejó Maduro al frente del país era devastadora. Casi 20 millones de venezolanos necesitaban asistencia humanitaria antes de su captura, sobre una población de unos 28 millones. Más de 69% vivía en pobreza multidimensional y se estimaba que alrededor de 7.7 millones a 7.9 millones de personas habían abandonado el país desde 2015, constituyendo el mayor éxodo no bélico de la historia de América Latina.
Eso significa que casi un tercio del país se vio forzado a emigrar por falta de oportunidades, inseguridad, escasez de alimentos, falta de medicinas y deterioro de servicios básicos.
La crisis era también económica: el Producto Interno Bruto se desplomó, en algunos períodos reduciéndose más de la mitad, y el país sufrió hiperinflaciones históricas —en 2018 la inflación anual fue de 130,060%, dejando a los billetes casi sin valor. El salario mínimo mensual oficial llegó a equivaler a unos 6 dólares al mes en años recientes, incapaz de cubrir una canasta básica.
La crisis social fue acompañada por violaciones sistemáticas de derechos humanos y represión política. Grupos internacionales de derechos han documentado detenciones arbitrarias, torturas y uso excesivo de fuerza contra manifestantes y críticos; además, miles de venezolanos han sido encarcelados por motivos políticos desde 2014.
En resumen, la salida de Maduro no es un giro trivial o simbólico: es el resultado de años de colapso institucional, contracción económica profunda, explosión migratoria y deterioro de condiciones de vida que no encuentran paralelo en la región en tiempos de paz.
Entonces, ¿por qué criticar a quienes celebran?
Porque lo que se ve desde afuera muchas veces no capta la intensidad del sufrimiento acumulado. Celebrar la caída de un dictador, bajo cuya gestión más de 7.9 millones de personas fueron expulsadas de su tierra, es un acto emocional legítimo de alivio y esperanza, no una convocatoria a la violencia o a una sumisión acrítica a intereses foráneos. La alegría se dirige hacia la posibilidad de un cambio real y tangible, no hacia la intervención en sí.
Claro que es válido —y necesario— analizar críticamente el papel de Estados Unidos y otros actores internacionales, incluidos los intereses energéticos que se entrelazan con la geopolítica venezolana. El petróleo sigue siendo un factor estratégico de enorme valor mundial, y Venezuela posee las reservas más grandes del planeta. Pero reducir todo a una motivación única de recursos es ignorar lo que millones de venezolanos experimentaron a diario: la falta de medicinas, de alimentos, el desempleo, la represión política y la emergencia humanitaria persistente.
Además, datos de encuestas regionales muestran que una mayoría significativa en América Latina opinaba que era difícil ver un camino de cambio sin una intervención externa, y que una parte considerable incluso apoyaba esfuerzos más allá de las fronteras venezolanas para poner fin a la crisis. Esto no justifica la intervención por sí sola, pero sí contextualiza por qué muchos venezolanos ven en este momento una ruptura con un “status quo imposible de cambiar desde adentro”.
Celebrar no es negar la complejidad.
Celebrar no es aprobar intereses geopolíticos.
Celebrar no es ignorar la soberanía.
Celebrar es —simplemente— sentir que después de años de desesperanza, quizás por primera vez hay una grieta real en el muro que mantuvo al país encerrado en un ciclo de opresión.
Y eso, para millones de venezolanos dentro y fuera de sus fronteras, sí merece una celebración humana y comprensible.
Por: Angel Flores
