La pregunta incomoda, pero es inevitable: ¿Estados Unidos es realmente el aliado de México o se ha convertido en su principal fuente de presión? En un escenario internacional marcado por conflictos, tensiones económicas y una disputa abierta por el poder global, la relación entre ambos países se sostiene sobre cifras contundentes, pero también sobre profundas asimetrías.
México y Estados Unidos comparten una de las relaciones económicas más intensas del planeta. Más del 80 % de las exportaciones mexicanas tienen como destino el mercado estadounidense y el comercio bilateral supera los 800 mil millones de dólares anuales, una cifra que coloca a México entre los dos principales socios comerciales de Estados Unidos. Cerca de 6 millones de empleos en México dependen directa o indirectamente de esta relación, mientras que en Estados Unidos se estima que más de 5 millones de empleos están vinculados al intercambio con México. En este terreno, la amistad parece incuestionable, pero también profundamente desigual.
Esa desigualdad se vuelve evidente en el terreno político y de seguridad. Estados Unidos destina cada año más de 800 mil millones de dólares a su presupuesto militar, mientras que México invierte menos del 1 % de su PIB en defensa. Esta brecha explica por qué el discurso estadounidense suele inclinarse hacia soluciones de fuerza y presión, especialmente en temas como el narcotráfico. El consumo de drogas en Estados Unidos provoca más de 100 mil muertes anuales por sobredosis, pero el enfoque insiste en señalar a México como el origen del problema, a pesar de que la demanda y el flujo de armas provienen en gran medida del norte.
En migración, las cifras también revelan tensiones estructurales. Cada año, más de 2 millones de personas intentan cruzar la frontera sur de Estados Unidos, y México se ha convertido en un país de tránsito, contención y destino. Esto ha implicado costos económicos y sociales crecientes, así como una presión constante para reforzar controles migratorios que responden más a intereses estadounidenses que a una estrategia regional compartida.
El T-MEC, presentado como un acuerdo de integración, también funciona como un instrumento de poder. Estados Unidos concentra alrededor del 70 % del PIB de América del Norte, mientras que México representa poco más del 20 %. Esta diferencia permite que cualquier amenaza de revisión, sanción o arancel tenga un impacto inmediato en la economía mexicana, en la inversión extranjera y en la estabilidad del empleo.
En el contexto global, la tensión se intensifica. Estados Unidos enfrenta disputas con China, conflictos geopolíticos y una creciente competencia por recursos, mercados y zonas de influencia. México, por su ubicación estratégica y su peso económico regional, se convierte en una pieza clave, no siempre tratada como socio, sino como extensión de su frontera y amortiguador de crisis externas.
Hablar de amistad o enemistad resulta insuficiente. Estados Unidos es socio comercial indispensable, pero también es un actor que ejerce presión constante cuando sus intereses se ven amenazados. México, por su parte, enfrenta el reto de no confundir dependencia con alianza. La cooperación es necesaria, pero solo puede ser sostenible si se construye desde el respeto y el equilibrio.
En un mundo cada vez más polarizado, México no puede limitarse a reaccionar. Las cifras muestran la importancia de la relación, pero también la urgencia de diversificar mercados, fortalecer su política exterior y defender su soberanía con inteligencia, no con confrontación. La verdadera pregunta no es si Estados Unidos es amigo o enemigo, sino si México está preparado para negociar desde una posición más firme en un orden global que ya no ofrece certezas.
Por: Roberto Flores Piña
