LA MAQUILA MENTAL: ¿POR QUÉ EL PROFESIONISTA MEXICANO PREFIERE LA NÓMINA A LA INNOVACIÓN?

Por: Luis Roberto Flores
México es un país de ingenieros que no diseñan motores y de científicos que no patentan descubrimientos. Es una afirmación dura, quizás dolorosa, pero necesaria. Cada año, miles de jóvenes lanzan sus birretes al aire en las ceremonias de graduación de universidades públicas y privadas, celebrando el fin de una etapa académica y el inicio de… ¿qué, exactamente? Para la inmensa mayoría, la meta no es cambiar el mundo, ni revolucionar una industria; la meta es, simple y llanamente, conseguir un escritorio, un horario de 9 a 6 y el «Santo Grial» de la clase media mexicana: las prestaciones de ley.
Existe una crisis silenciosa en el ecosistema profesional de nuestro país. No es una crisis de talento la capacidad intelectual existe y es evidente, sino una crisis de ambición y visión. El egresado promedio ha sido programado cultural y académicamente para ser un engranaje, no el motor.
El sueño de la estabilidad burocrática
Al entrevistar a recién egresados, incluso de carreras de alta complejidad técnica como mecatrónica, biotecnología o ingeniería aeroespacial, la respuesta sobre sus aspiraciones suele ser monótona. Buscan entrar a una gran multinacional o, mejor aún, a una institución gubernamental (CFE, PEMEX, IMSS). ¿El motivo? La seguridad.
Vivimos en una cultura que premia la permanencia sobre el riesgo. El profesionista mexicano suele visualizar el éxito no como la creación de un algoritmo que optimice la red eléctrica nacional o el desarrollo de un nuevo sistema de propulsión para la incipiente industria espacial; lo visualiza como la acumulación de semanas cotizadas para una jubilación. Se busca vivir de la nómina, no de la patente.
Esta mentalidad de «funcionario» se ha incrustado incluso en el sector privado. El objetivo es «entrar a planta», obtener el seguro de gastos médicos mayores y estancarse en una zona de confort operativa donde el conocimiento adquirido en cinco años de carrera se diluye en reportes de Excel y burocracia corporativa.
De la manufactura a la «mentefactura»: Una brecha abismal
El resultado de esta apatía innovadora es visible en el panorama macroeconómico. México es una potencia en manufactura automotriz y aeroespacial, sí, pero somos los brazos, no el cerebro.
Industria Automotriz: Armamos los coches con una calidad impecable, pero el diseño del motor de combustión eficiente o la batería eléctrica de nueva generación se sigue importando de Alemania, Japón o Estados Unidos.
Sector Energético: En un país bañado por el sol y con viento constante, la innovación en energías renovables debería ser liderada por startups mexicanas. Sin embargo, seguimos esperando que la tecnología venga de fuera.
Desarrollo Web y Software: Mientras en otros países los programadores buscan crear el próximo «unicornio» tecnológico, en México gran parte del talento se limita a dar mantenimiento a sistemas legados o a la consultoría básica, sin proponer arquitecturas que desafíen el status quo global.
Ni hablar de la industria armamentística o espacial. Mientras naciones emergentes como la India llegan a la Luna con tecnología propia, en México nos conformamos con maquilar los arneses de los cohetes de otros.
El miedo al fracaso y la educación obediente
¿De quién es la culpa? Es compartida. Las universidades mexicanas, en su mayoría, siguen operando bajo un modelo prusiano: forman empleados obedientes, no disyuntores creativos. Se enseña a resolver los problemas del libro de texto, pero no a cuestionar por qué el problema existe en primer lugar.
Pero la responsabilidad final recae en el individuo. El profesionista mexicano tiene aversión al riesgo porque el fracaso en nuestra cultura es un estigma, no un aprendizaje. Preferimos la mediocridad segura de un sueldo fijo que la incertidumbre vertiginosa de emprender un proyecto de investigación y desarrollo (I+D).
Conclusión: Innovar o desaparecer
El mundo está cambiando a una velocidad que no respeta la antigüedad laboral ni las pensiones prometidas. La inteligencia artificial y la automatización amenazan precisamente a esos empleos «seguros» y repetitivos que tanto anhelan los egresados.
Es urgente un cambio de «chip». México necesita menos licenciados buscando quién los contrate y más ingenieros, científicos y creativos buscando qué problemas resolver. Necesitamos explotar ese conocimiento universitario no para llenar un cubículo, sino para generar propiedad intelectual, tecnología propia y soberanía industrial.
Mientras sigamos viendo el título universitario como un boleto a la burocracia y no como una herramienta de transformación, seguiremos siendo un país que ensambla el futuro de otros, en lugar de diseñar el propio.

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