LA CULTURA DEL ODIO: EL PODER QUE SE ALIMENTA DE LA DIVISIÓN

En el mundo actual, el discurso del odio se ha convertido en una herramienta política tan eficaz como peligrosa, y México no es la excepción. La polarización ya no es un efecto colateral del debate público, sino una estrategia deliberada para conservar el poder. Dividir para gobernar se ha vuelto una fórmula recurrente: simplificar problemas complejos, crear enemigos visibles y ofrecer culpables inmediatos antes que soluciones reales.

Los datos duros confirman este clima de fractura social. Diversas encuestas nacionales muestran que más del 40% de los mexicanos no confía en los partidos políticos ni en el Congreso, mientras que cerca de una tercera parte expresa desconfianza abierta hacia el Poder Judicial. Esta erosión institucional crea un terreno fértil para discursos que desacreditan a cualquier contrapeso y refuerzan la idea de que solo una voz —la del poder— representa al “pueblo verdadero”.

La polarización no se queda en el discurso político. Estudios de opinión revelan que alrededor del 49% de los mexicanos considera que quienes piensan diferente representan una amenaza para el país. No se trata solo de una diferencia ideológica, sino de una ruptura emocional y social que se traslada a la vida cotidiana, a las redes sociales, a los medios y a las conversaciones familiares. Cuando el adversario político se convierte en enemigo moral, el diálogo desaparece.

En este contexto, distintos análisis académicos sobre comunicación política en México advierten que una gran parte de los mensajes emitidos desde el poder contienen rasgos populistas: apelaciones constantes al “pueblo bueno” frente a “ellos”, descalificación de periodistas, opositores, científicos, activistas o cualquier grupo que cuestione la narrativa oficial. La lógica es clara: no corregir errores, sino deslegitimar a quien los señala.

Este fenómeno no surge en el vacío. México es un país marcado por la desigualdad, la violencia y la inseguridad. Más de la mitad de la población identifica al crimen y la inseguridad como el principal problema nacional. Ese miedo colectivo es fácilmente capitalizado por discursos que prometen orden, control y castigo, aunque muchas veces esas promesas no se traduzcan en mejoras reales en la vida de las personas.

Mientras tanto, el debate público se transforma en espectáculo. Escándalos, confrontaciones verbales, ataques desde tribunas oficiales y redes sociales sustituyen a la discusión de políticas públicas de fondo. El entretenimiento político mantiene a la sociedad ocupada, cansada o enfrentada, mientras los problemas estructurales —pobreza, violencia, impunidad, falta de oportunidades— permanecen intactos.

El odio, además, es rentable. Genera votos, fidelidades incondicionales y narrativas simples que se difunden con rapidez. Un pueblo dividido difícilmente se organiza para exigir derechos; un pueblo polarizado gasta su energía en pelear entre sí. Así, el poder se preserva no por resultados, sino por el control del relato y de las emociones colectivas.

Las consecuencias son profundas. La normalización del discurso de odio debilita la empatía social, deteriora la confianza entre ciudadanos y convierte a la política en un campo de batalla permanente. Cuando todo es confrontación, nada se construye. Y cuando el poder importa más que el bienestar social verdadero, el tejido democrático comienza a romperse.

La cultura del odio en México no es solo responsabilidad de quienes gobiernan, sino también de una sociedad que, agotada por la incertidumbre, a veces acepta explicaciones simples a problemas complejos. Reconocer esta dinámica es el primer paso para desmontarla. Sin pensamiento crítico, sin diálogo y sin responsabilidad colectiva, el poder seguirá ganando… y el bienestar social seguirá perdiendo.

Por: Angel Flores

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