MÉXICO Y SU BASURA: EL REFLEJO INCÓMODO DE UNA SOCIEDAD QUE APRENDIÓ A NO MIRAR

Caminar por muchas calles del país se ha convertido en un ejercicio cotidiano de normalización: parques cubiertos de desechos, latas abandonadas sobre las bancas, bolsas rotas en las banquetas y espacios públicos que parecen suspendidos en el olvido. La escena se repite con tal frecuencia que dejó de causar sorpresa. Sin embargo, detrás de esa suciedad visible no solo hay residuos, sino una trama más profunda de hábitos sociales debilitados, decisiones políticas insuficientes y una relación fracturada entre la sociedad y lo que debería considerar suyo.

México genera más de 100 mil toneladas de basura cada día, una cifra que lo coloca hasta 27 % por encima del promedio mundial per cápita. El dato, por sí mismo, tendría que encender alarmas colectivas, pero el verdadero problema comienza después de que los residuos son arrojados: apenas entre 5 % y 13 % se recicla, mientras el resto termina en rellenos saturados, tiraderos a cielo abierto o disperso en calles, ríos y barrancas. La basura no desaparece; solo cambia de lugar hasta confundirse con el paisaje cotidiano.

La composición de los residuos revela otra contradicción silenciosa. Cerca de 46 % es materia orgánica que podría aprovecharse mediante composta o biodigestión, y más de 30 % corresponde a materiales reciclables como plástico, papel, vidrio o metal. Es decir, más de la mitad de lo que hoy se desecha podría transformarse en recurso. Lo que falla no es la posibilidad, sino el sistema que impide convertir ese potencial en una práctica real.

Reducir el problema a una supuesta “falta de educación” resulta cómodo, pero incompleto. La cultura de tirar basura también nace de infraestructura deficiente, recolección irregular y leyes que rara vez se aplican con firmeza. Cuando no existen contenedores cercanos, cuando el camión mezcla residuos previamente separados o cuando ensuciar el espacio común no tiene sanción alguna, el mensaje social termina siendo claro: contaminar no tiene consecuencias visibles.

Pero la dimensión cultural pesa tanto como la institucional. Durante décadas se debilitó la idea de lo público como algo digno de cuidado colectivo. La calle dejó de percibirse como una extensión del hogar para convertirse en territorio de nadie. Esa ruptura simbólica explica por qué alguien puede mantener impecable su casa y, al mismo tiempo, depositar sus desechos en la esquina más próxima. No es solo ignorancia; es una forma aprendida de desvinculación social.

La paradoja se vuelve evidente cuando el discurso ambiental crece en campañas, escuelas y redes sociales, mientras la práctica cotidiana avanza con lentitud. Separar residuos, reducir plásticos o exigir sistemas eficientes de gestión continúa siendo excepción y no regla. Sin presión social sostenida, las políticas públicas corren el riesgo de quedarse en anuncios antes que en transformaciones tangibles.

El costo de esta indiferencia es profundo. La basura obstruye drenajes y agrava inundaciones, propicia plagas que afectan la salud, contamina suelos y agua, deteriora la imagen urbana y amplía desigualdades, pues las comunidades más vulnerables suelen vivir más cerca de los tiraderos. El problema, entonces, deja de ser estético para convertirse en ambiental, sanitario y social.

Aun así, existe otra forma de mirar los residuos. Diversos especialistas plantean que pueden transformarse en recurso económico y energético si se impulsa una economía circular real, basada en separación efectiva, reciclaje industrial y aprovechamiento de orgánicos. Bajo esa lógica, la basura deja de ser únicamente desperdicio y se convierte en indicador del nivel de desarrollo —o del rezago— de una sociedad.

La pregunta de fondo no es por qué hay basura en México, sino qué estamos dispuestos a cambiar para que deje de parecernos normal. Transformar esta realidad exige más que campañas temporales: requiere educación ambiental permanente, infraestructura suficiente, sanciones visibles y, sobre todo, reconstruir el sentido de comunidad. Porque una ciudad limpia no se consigue solo con barrenderos, sino con ciudadanos que comprenden que el espacio público también les pertenece.

Quizá el signo más preocupante no sea la basura en las calles, sino la costumbre de mirarla sin reaccionar. El día que deje de parecernos parte natural del paisaje, ese día comenzará el verdadero cambio. Y tal vez entonces entendamos que limpiar el entorno también implica limpiar la forma en que convivimos como sociedad.

Por: Angel Flores

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