En México, la lectura no ha desaparecido; ha cambiado de rostro. Para 2025, el 79.1 % de la población mayor de 12 años declaró haber leído algún contenido en el último año, según el Módulo sobre Lectura del INEGI. La cifra equivale a casi ocho de cada diez personas y desmonta la idea repetida de que “ya nadie lee”. Sin embargo, el dato también abre una pregunta más profunda: no solo importa cuánto se lee, sino cómo se está leyendo y qué efectos tiene esa transformación en la manera de pensar.
El mismo estudio muestra que los jóvenes entre 12 y 24 años concentran los niveles más altos de lectura, con 89.1 % reportando consumo de libros, revistas, páginas web o redes sociales. Además, más del 60 % de quienes leen lo hacen en formato de libro —físico o digital—, mientras que decenas de millones de mexicanos consumen textos breves en entornos digitales, confirmando que la palabra escrita no desaparece, sino que se desplaza hacia pantallas y fragmentos de información cada vez más inmediatos.
Este cambio ocurre en paralelo al crecimiento del consumo de contenidos audiovisuales cortos en plataformas como TikTok, donde los videos suelen durar apenas segundos y privilegian el impacto emocional sobre la profundidad narrativa. Aunque en México no existe aún una medición única que compare de forma directa horas de lectura contra tiempo en videos breves, reportes internacionales estiman que los usuarios pueden pasar más de una hora diaria en este tipo de contenidos, lo que modifica hábitos de atención y concentración.
Las implicaciones van más allá de lo tecnológico. La lectura profunda exige secuencia, memoria y reflexión sostenida; fortalece el pensamiento crítico, amplía el vocabulario y permite comprender estructuras complejas. En contraste, la exposición constante a estímulos breves favorece respuestas rápidas, memoria superficial y dificultad para mantener la atención durante periodos largos. No se trata de una sustitución inmediata, sino de un entrenamiento distinto del cerebro frente a la información.
El cambio también es cultural. México ha sido históricamente una sociedad de tradición oral y narrativa comunitaria, donde las historias se transmitían con tiempo, repetición y sentido colectivo. Hoy, esa transmisión convive con microcontenidos individuales que fragmentan la experiencia del conocimiento. La cultura no desaparece, pero se acelera y se vuelve más breve.
Medir únicamente cuántas personas leen resulta insuficiente. El verdadero desafío es comprender la calidad de esa lectura y su relación con el pensamiento complejo. Una sociedad que privilegia solo la inmediatez corre el riesgo de debilitar su capacidad de cuestionar, analizar y construir ideas de largo alcance. Y sin esa profundidad, la conversación pública también se acorta.
Entre páginas impresas, textos digitales y videos fugaces, México no está dejando de leer: está aprendiendo a leer distinto. La pregunta que permanece abierta es si, en medio de la velocidad y la sobreinformación, aún habrá espacio para la pausa donde nacen las ideas capaces de transformar a toda una sociedad.
Por: Roberto Flores Piña
