Febrero de 2026 avanza dejando una estela preocupante en la capital hidalguense. En pocos días, distintas vialidades de Pachuca y sus accesos han sido escenario de atropellamientos mortales que vuelven a encender una discusión incómoda pero necesaria: la fragilidad de la cultura vial y la manera en que la falta de educación, control y responsabilidad termina cobrándose vidas humanas.
La noche del 13 de febrero marcó uno de los episodios más duros. Dos hombres fueron embestidos mientras intentaban cruzar el bulevar El Minero, frente a la Preparatoria número 3. Uno murió en el sitio; el otro horas después en el hospital. Ambos cruzaron fuera de un paso seguro. El conductor fue detenido. La escena no solo habla de un accidente, sino de un sistema que falla antes de que ocurra la tragedia.
Días antes, en la carretera Pachuca–Actopan, a la altura de San Agustín Tlaxiaca, otro hombre perdió la vida al intentar atravesar una vía de alta velocidad. Y en el bulevar Revolución de 1910, un joven originario de Mixquiahuala murió tras ser atropellado en circunstancias todavía bajo investigación. Tres puntos distintos, una misma constante: peatones expuestos frente a un entorno vial que no perdona errores.
La repetición de estos hechos en menos de 48 horas revela algo más profundo que la suma de incidentes aislados. Muestra una convivencia fallida entre conductores, peatones e instituciones. Durante años se ha señalado la facilidad con la que puede obtenerse una licencia de conducir, en ocasiones sin acreditar realmente los exámenes teóricos y prácticos que deberían garantizar preparación mínima. Cuando manejar deja de ser una responsabilidad aprendida y se convierte solo en un trámite pagado, el riesgo se traslada inevitablemente a la calle.
Pero la crisis no recae únicamente en quien conduce. También persiste una conducta cotidiana que normaliza cruzar fuera de puentes, ignorar semáforos peatonales o asumir que la prisa vale más que la propia vida. Las muertes recientes en avenidas urbanas y carreteras lo evidencian con crudeza: la infraestructura existe en algunos puntos, pero no siempre se respeta ni se comprende su importancia.
Lo verdaderamente alarmante no son solo las cifras, sino la costumbre de aceptar la tragedia como parte del paisaje urbano. Cada atropellamiento refleja fallas educativas, vacíos institucionales y una cultura vial que aún no logra consolidarse en Hidalgo. Mientras obtener una licencia siga siendo sencillo y cruzar la calle continúe siendo una apuesta, la ciudad permanecerá atrapada en un círculo donde la movilidad cotidiana puede terminar en muerte.
La pregunta ya no es cuántos accidentes más deben ocurrir, sino cuánto tiempo más se permitirá que la indiferencia siga ocupando el lugar de la prevención. Porque en Pachuca, hoy, caminar también se ha vuelto un riesgo.
Por: Angel Flores
