¿EN QUÉ MOMENTO PERDIMOS EL RESPETO? JUVENTUD Y LENGUAJE EN PACHUCA

Por: Luis Roberto Flores Islas

Por años, en las calles de Pachuca se escuchaba el bullicio típico de cualquier ciudad: vendedores ambulantes, estudiantes saliendo de clases, familias conversando en las plazas. Hoy el sonido no ha cambiado en volumen, pero sí en contenido. Cada vez es más común escuchar a niños y adolescentes expresarse con un lenguaje abiertamente obsceno, cargado de insultos y descalificaciones, incluso frente a personas mayores.

No se trata de nostalgia exagerada ni del clásico “en mis tiempos no era así”. Se trata de una percepción social creciente: algo está pasando con la forma en que se comunican nuestras nuevas generaciones y con la manera en que entienden el respeto, la empatía y la convivencia.

El lenguaje no es solo un conjunto de palabras; es un reflejo de la cultura y los valores que predominan en una comunidad. Cuando un adolescente normaliza la grosería constante, cuando responde con ironía agresiva a un adulto o se dirige a sus padres sin filtros mínimos de cortesía, el problema no es únicamente lingüístico. Es social.

En el transporte público de Pachuca ya es común observar a jóvenes que no ceden el asiento a personas mayores, mujeres embarazadas o personas con discapacidad. Más que una falta de educación formal, parece haber una desconexión emocional: la dificultad para ponerse en el lugar del otro.
Muchos adultos aseguran que “ya no hay valores”. Sin embargo, quizá la pregunta correcta no es si desaparecieron, sino si dejamos de reforzarlos. La educación en casa enfrenta hoy un competidor poderoso: las pantallas. Videojuegos, redes sociales y plataformas digitales ocupan buena parte del tiempo libre de niños y adolescentes.

En redes sociales se premia la burla rápida, la respuesta mordaz y el comentario polémico. En algunos videojuegos, la agresividad verbal forma parte del entorno cotidiano. Cuando estos modelos se repiten durante horas todos los días, es inevitable que influyan en la forma de hablar y de relacionarse.
En colonias tradicionales de Pachuca, donde antes la vida comunitaria era más cercana, hoy muchas familias enfrentan jornadas laborales extensas. Padres y madres trabajan todo el día, y la supervisión se delega a dispositivos electrónicos. No es una crítica simplista; es una realidad económica.

La escuela tampoco puede cargar sola con la formación ética. Programas de civismo y tutoría existen, pero compiten contra una cultura digital mucho más atractiva para los jóvenes. El respeto no se impone con reglamentos; se construye con ejemplo.

¿Todo está perdido?
No. Generalizar sería injusto. En Pachuca también hay jóvenes comprometidos con causas sociales, voluntariado, deporte y cultura. Hay estudiantes destacados que buscan superarse y apoyar a sus comunidades.

El problema no es que “todos los adolescentes no tengan valores”, sino que la normalización del lenguaje agresivo y la apatía frente al otro se están volviendo más visibles y socialmente aceptadas.
Una responsabilidad compartida

Si queremos recuperar el respeto cotidiano ceder el asiento, hablar con cortesía, escuchar con empatía el esfuerzo debe ser colectivo.

La familia debe establecer límites claros y coherentes.
La escuela debe reforzar habilidades socioemocionales.
Las autoridades pueden impulsar campañas de cultura cívica.
Y los propios jóvenes deben ser escuchados, no solo señalados.

Criticar es sencillo. Construir es más complejo. Pachuca, como capital hidalguense, puede convertirse en ejemplo si transforma esta preocupación en diálogo intergeneracional.

Tal vez el verdadero reto no sea silenciar las groserías, sino enseñar a las nuevas generaciones que el respeto no es una imposición antigua, sino una herramienta moderna para convivir mejor.

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