EL 8M EN PACHUCA: ENTRE CONSIGNAS, MEMORIA Y UNA VIOLENCIA QUE AÚN NO TERMINA

Cada 8 de marzo las calles se convierten en un espacio de memoria, protesta y reflexión. No se trata únicamente de una fecha simbólica dentro del calendario internacional, sino de un recordatorio de que las desigualdades y la violencia hacia las mujeres siguen siendo una realidad latente. Este domingo, colectivos feministas salieron a las calles de Pachuca para exigir justicia, seguridad y respeto a los derechos de las mujeres, en una jornada que reunió consignas, testimonios y diversas actividades de acompañamiento social.

La movilización comenzó en el Monumento a la Mujer, ubicado frente a la Preparatoria 1, donde decenas de participantes colocaron carteles y entonaron consignas que denunciaban la violencia de género. En el lugar también se instalaron módulos de asesoría jurídica, orientación sexual, pruebas de VIH e información sobre el aborto, espacios que buscan brindar apoyo y orientación a quienes enfrentan distintos tipos de violencia o vulnerabilidad.

Posteriormente, la marcha avanzó por distintas vialidades de la capital hidalguense y recorrió el Río de las Avenidas, uno de los puntos más visibles del trayecto, hasta llegar a la Rotonda de los Hidalguenses Ilustres. En ese punto se realizó una concentración en la que familiares de víctimas de violencia y feminicidio tomaron la palabra para visibilizar sus casos y exigir justicia. Entre cantos, consignas y actividades musicales, la manifestación cerró con un mensaje que cada año se repite con más fuerza: la violencia contra las mujeres no es un problema aislado, sino una deuda histórica que aún persiste.

Mientras tanto, en Palacio de Gobierno se registró poca afluencia durante la jornada, aunque algunas participantes utilizaron las vallas metálicas colocadas en el recinto para instalar tendederos de denuncias, una forma simbólica de exhibir testimonios de violencia y exigir atención institucional. El inmueble permaneció resguardado por elementos de la Policía estatal durante toda la movilización.

El 8 de marzo también abre la puerta a una reflexión más profunda. Si bien la violencia no tiene género y cualquier persona puede ser víctima de ella, la historia ha demostrado que las mujeres han enfrentado durante décadas una condición particular de vulnerabilidad marcada por el machismo, la discriminación y la desigualdad estructural. Durante años, la mujer fue relegada a espacios sociales limitados, donde incluso su participación política, laboral o educativa estuvo condicionada por normas culturales profundamente arraigadas.

Aunque en las últimas décadas se ha avanzado en términos de derechos, conciencia social y reconocimiento de la igualdad, México sigue siendo un país donde la violencia contra las mujeres permanece como una problemática alarmante. Diversos estudios y registros oficiales señalan que en el país alrededor de diez mujeres son asesinadas cada día, muchas de ellas víctimas de feminicidio, uno de los crímenes que mayor indignación genera dentro de la sociedad mexicana.

En el caso de Hidalgo, las cifras también reflejan una realidad preocupante. De acuerdo con registros del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, entre enero y septiembre de 2025 al menos 58 mujeres murieron víctimas de homicidios y feminicidios en el estado, además de que más de 2 mil 500 mujeres fueron víctimas de distintos delitos en ese mismo periodo.

Además, organizaciones y reportes periodísticos señalan que entre 2016 y 2025 se han denunciado cerca de 187 casos de feminicidio en la entidad, con presencia del delito en más de la mitad de los municipios hidalguenses.

Estos números explican por qué cada año miles de mujeres salen a las calles. No se trata únicamente de protestar, sino de recordar que detrás de cada cifra existe una historia, una familia y una vida que fue arrebatada en circunstancias de violencia.

El desafío, sin embargo, no solo recae en las instituciones o en la aplicación de la ley. También implica una transformación cultural que permita erradicar las raíces de la violencia. Durante décadas, muchas de estas conductas fueron normalizadas dentro de la vida cotidiana, desde comentarios machistas hasta la minimización de la violencia doméstica. Cambiar esa realidad implica cuestionar los modelos de educación, los valores sociales y las estructuras que históricamente han perpetuado la desigualdad.

El 8 de marzo no debería entenderse únicamente como una marcha o una fecha de protesta, sino como una oportunidad para reflexionar sobre el tipo de sociedad que estamos construyendo. Porque mientras las cifras de feminicidio sigan apareciendo en los informes oficiales, las consignas continuarán resonando en las calles.

Y es que, al final, más allá de ideologías o posturas políticas, la exigencia es simple y profundamente humana: vivir en un país donde nacer mujer no signifique vivir con miedo.

Por: Angel Flores

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