DE LA FE AL FANATISMO EN UNA SOCIEDAD QUE SE ROMPE

En Pachuca, Hidalgo, dos policías fueron asesinados a golpes mientras cumplían con su deber. No fue un enfrentamiento armado ni un ataque del crimen organizado en las calles. Fue algo más perturbador: los agentes fueron llevados a un templo conocido como “El Angelito Negro 666”, un lugar clandestino donde se rinde culto a la Santa Muerte y a entidades oscuras, y ahí fueron torturados hasta la muerte. Uno murió en el acto. El otro agonizó durante días antes de perder la vida en un hospital.

Este caso no es solo el retrato de una tragedia local. Es una radiografía cruda de cómo, en un entorno de abandono, impunidad y crisis espiritual, la fe puede ser deformada hasta convertirse en herramienta de violencia. No se trata de religión, se trata de cómo la desesperación social y moral puede disfrazarse de devoción para justificar lo injustificable.

El templo donde se cometió el crimen no es un altar sagrado. Es un espacio construido para el poder simbólico, para el miedo, para la ilusión de control sobre la vida y la muerte. En su interior hay altares con figuras de la Santa Muerte, Lucifer y otros símbolos demoníacos. Allí se practican rituales con sangre, ofrendas animales, dinero y objetos personales. Se mezcla el dolor con la fe, el crimen con la creencia. Todo, en nombre de una espiritualidad corrompida.

Los responsables de estos crímenes no son devotos, son verdugos. Y como en otros episodios del México profundo, se escudan en la fe para legitimar su violencia. Porque la verdadera perversión ocurre cuando el sufrimiento de otro se convierte en “sacrificio” aceptable dentro de un marco místico. Ahí la religión deja de ser guía para convertirse en excusa.

Lo más alarmante es que no estamos ante un fenómeno aislado. El culto a la muerte, como representación cultural, ha sido adoptado por sectores del crimen organizado, por grupos de poder informal, por quienes no encuentran justicia en el Estado y la buscan en lo simbólico, aunque eso implique sangre y muerte. Y lo hacen porque el culto les ofrece algo que el Estado no: protección, promesas, control, aunque sean ilusorios.

Pero la pregunta incómoda es esta: ¿por qué tanta gente acude a cultos como estos? ¿Qué carencias materiales, espirituales y comunitarias están alimentando este fenómeno? Porque si el único refugio para una persona es un altar sangriento, eso también es una responsabilidad social compartida.

La fe, en su sentido profundo, debería transformar al individuo, no otorgarle licencia para la impunidad. Debería ser consuelo en el dolor, no argumento para causarlo. Debería acercarnos al otro, no justificar su eliminación. Cuando esto se invierte, cuando la espiritualidad se convierte en bálsamo personal que permite ignorar el daño que causamos, estamos frente a una distorsión peligrosa.

El asesinato de estos policías no es solo un caso criminal. Es una alerta moral, cultural y espiritual. Es el espejo de una sociedad que ha permitido que la religión se use como anestesia del alma, como moneda de cambio, como excusa. Y no se corrige solo con castigos. Se corrige recuperando el sentido humano de la fe. Porque ninguna creencia verdadera puede nacer del miedo, del dolor o de la muerte del otro.

Por: Roberto Flores Piña

Deja un comentario