PORFIRIO DÍAZ EL PRECIO DE LA ESTABILIDAD

Por: Luis Roberto Flores

En la historia política de México, pocos nombres generan discusiones tan intensas como el de Porfirio Díaz. Su prolongado mandato el Porfiriato suele resumirse en dos palabras: orden y progreso. Tras más de medio siglo de guerras civiles, invasiones extranjeras, conflictos entre liberales y conservadores, y una economía en ruinas, la llegada de Díaz al poder representó, para muchos mexicanos, la primera oportunidad real de construir un país funcional.

Su principal legado positivo recae precisamente en ese terreno: la pacificación y la estabilidad. Para 1876, México era un mosaico de cacicazgos, con rutas comerciales inseguras y una industria prácticamente inexistente. Díaz comprendió que sin estabilidad no habría inversión, y sin inversión no habría modernización. Bajo su mandato se tendieron miles de kilómetros de vías férreas, se modernizó la minería, se impulsó la industria textil y se reorganizaron las finanzas públicas. México, por primera vez en décadas, comenzó a hablar el lenguaje del crecimiento.

Pero uno de los rasgos menos reconocidos del Porfiriato y que vale la pena destacar fue la hábil política exterior que Díaz desplegó para mantener la autonomía frente a Estados Unidos. En una época en que la joven potencia del norte expandía sin pudor su influencia económica y militar, Díaz supo equilibrar intereses: permitió la entrada de capital estadounidense, sí, pero simultáneamente impulsó inversiones europeas, especialmente francesas, inglesas y alemanas, para evitar la dependencia absoluta del vecino del norte. Esta estrategia de contrapesos, aunque imperfecta, preservó márgenes importantes de soberanía económica y diplomática.

Resulta irónico que quien finalmente precipitaría la caída del veterano mandatario fuera un hombre que, sin proponérselo inicialmente, terminó por abrirle la puerta a esa misma influencia estadounidense: Francisco I. Madero. Su figura es hoy casi sagrada por encabezar el inicio de la Revolución Mexicana, pero conviene matizar también el contexto. Madero, un demócrata convencido y un idealista profundamente respetable, buscó apoyo internacional para legitimar su movimiento contra Díaz. Washington, que veía con creciente recelo la autonomía porfirista y aspiraba a un gobierno más alineado a sus intereses, encontró en Madero al interlocutor ideal. Así, mientras Díaz había dedicado décadas a mantener a raya el intervencionismo norteamericano, Madero consciente o no recibió el espaldarazo que terminó inclinando la balanza en un momento crítico.

Nada de esto busca minimizar la importancia histórica de Madero ni negar los abusos cometidos durante el Porfiriato. Pero sí invita a reflexionar sobre las complejidades de la política: Díaz fue, con todos sus defectos autoritarios, un arquitecto del México moderno; Madero, con todas sus virtudes democráticas, inauguró sin plan claro un proceso que sumió al país en años de violencia y abrió espacios a intereses externos.

A más de un siglo de distancia, quizá la lección sea que la construcción de un país requiere tanto estabilidad como democracia, tanto modernización económica como soberanía política. En ese delicado equilibrio, Porfirio Díaz tuvo aciertos que aún hoy merecen ser reconocidos, incluso por quienes difieren de su legado.

Deja un comentario