LA VERDAD DEL DINERO DIGITAL ¿CUÁNTO DEJA VENDER INTIMIDAD?

Por: Angel Flores

Hace algunos años, el término “pack” se movía en la sombra. Era contenido íntimo filtrado, compartido en grupos cerrados, muchas veces sin consentimiento y con un fuerte componente de escándalo. Hoy, ese mismo tipo de contenido no solo dejó de ser clandestino, sino que se transformó en un modelo de negocio visible, accesible y, para muchos, aparentemente rentable.

El cambio no fue repentino. Fue el resultado de una evolución digital, económica y cultural. Lo íntimo dejó de ser privado por defecto y comenzó a convertirse en contenido, en marca personal y, sobre todo, en una posible fuente de ingresos.

Plataformas como OnlyFans son solo la cara más visible de un fenómeno mucho más amplio. La venta de contenido íntimo se ha extendido a espacios como Telegram, X e Instagram, donde la promoción, captación de audiencia y distribución se fragmentan en distintos niveles. Ya no se trata de una sola plataforma, sino de un ecosistema completo donde la atención se traduce en dinero.

Los números reflejan la magnitud del fenómeno. OnlyFans superó los 7,200 millones de dólares en 2025, con más de 4.6 millones de creadores y más de 370 millones de usuarios a nivel global. En México, el gasto en este tipo de contenido alcanzó aproximadamente 291 millones de dólares, con decenas de miles de creadores activos.

Sin embargo, detrás de estas cifras existe una realidad que rara vez se menciona. La distribución del ingreso es profundamente desigual. Mientras una minoría concentra la mayor parte de las ganancias, la mayoría de los creadores obtiene ingresos inferiores a los 200 dólares mensuales. Es decir, la visibilidad del éxito no refleja la realidad del promedio.

Esto obliga a mirar el fenómeno desde una perspectiva menos idealizada. La venta de contenido íntimo no es una garantía de ingresos, sino un mercado altamente competitivo, saturado y dependiente de la exposición constante. No basta con producir contenido; es necesario promocionarlo, posicionarlo y mantenerse vigente dentro de un sistema donde el algoritmo decide quién es visible y quién no.

A esto se suman costos que rara vez se consideran: comisiones de plataformas, inversión en equipo, tiempo de producción, desgaste emocional y, sobre todo, el riesgo permanente de perder el control del contenido una vez que circula en internet.

Entonces, si no es tan rentable como parece, ¿por qué sigue creciendo?

La respuesta no está únicamente en quienes venden, sino en el contexto en el que lo hacen. En países donde los ingresos son bajos y las oportunidades laborales son limitadas, este modelo aparece como una alternativa posible. No necesariamente estable, pero sí inmediata. A esto se suma el papel de las redes sociales, donde los algoritmos favorecen el contenido que genera interacción rápida, y pocas cosas lo hacen tanto como la sexualización.

Se genera así un efecto dominó: visibilidad, aspiración e imitación. Se construye la idea de que cualquiera puede lograrlo, cuando en realidad el sistema funciona bajo lógicas de concentración extrema.

Pero hay un elemento más profundo que explica este fenómeno y que pocas veces se menciona con claridad. No se trata solo de economía o tecnología, sino de una transformación cultural donde la intimidad dejó de ser un límite y se convirtió en recurso. Hoy, lo privado puede ser contenido, el cuerpo puede ser producto y la atención puede convertirse en ingreso.

Esto también cambia la percepción social. Lo que antes generaba estigma, hoy en algunos sectores se asocia con libertad, autonomía o empoderamiento. Sin embargo, esta aparente libertad opera dentro de un mercado que sigue valorando el cuerpo —principalmente el femenino— como mercancía. No es una ruptura del sistema, sino una adaptación del mismo en versión digital.

Y es aquí donde surge la reflexión más incómoda.

Porque este fenómeno no solo habla de quienes venden contenido, sino de quienes lo consumen. Habla de una economía donde la atención se ha convertido en una moneda, donde la validación digital tiene peso real y donde la necesidad económica se cruza con la exposición personal.

Lo que antes era privado hoy es público. Lo que antes era íntimo hoy es negociable.

Y en medio de todo, la pregunta deja de ser individual para volverse estructural:

¿Por qué cada vez más personas consideran viable vender su intimidad para generar ingresos?
¿Y qué dice eso de una sociedad donde el cuerpo se convierte en uno de los activos más visibles y rentables?

Porque al final, más allá de plataformas o tendencias, lo que estamos viendo no es solo un cambio en internet.

Es un cambio en la forma en que entendemos el valor, la privacidad y la dignidad en una economía donde todo, incluso lo más personal, puede ponerse a la venta.

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