LA FRUSTRACIÓN MUNDIALISTA QUE PERSIGUE A MÉXICO DESDE HACE DÉCADAS

Por: Roberto Flores Piña

México respira futbol. Pocos países viven este deporte con la intensidad emocional que existe en territorio mexicano. Estadios llenos, millones de aficionados, transmisiones que paralizan ciudades enteras y una selección nacional que, incluso en sus peores momentos, sigue generando ilusión colectiva. Sin embargo, detrás de toda esa pasión existe una contradicción difícil de ignorar: México es una potencia futbolística en negocio y afición… pero no en resultados.

Y la paradoja se vuelve todavía más grande en 2026.

Estamos a unos cuantos días de volver a vivir una Copa del Mundo en nuestro país. Aunque el torneo será compartido con Estados Unidos y Canadá, eso no cambia un hecho histórico: México se convertirá en el primer país en albergar tres mundiales. Ninguna otra nación lo ha conseguido. El Estadio Azteca volverá a estar en el centro del planeta futbolístico y millones de personas volverán a mirar hacia México como una referencia cultural del futbol mundial.

Pero mientras el país hace historia como sede, la Selección sigue sin lograr trascender realmente dentro de la cancha.

Las estadísticas son contundentes.

México ha participado en 17 Copas del Mundo, pero su mejor resultado histórico sigue siendo llegar a cuartos de final en 1970 y 1986, ambos torneos disputados en territorio mexicano. Fuera de casa, el famoso “quinto partido” jamás ha llegado.

Entre 1994 y 2018, México logró clasificar siete veces consecutivas a octavos de final, pero perdió todas. Bulgaria, Alemania, Estados Unidos, Argentina, Países Bajos y Brasil fueron las selecciones encargadas de mantener intacta una barrera que con el tiempo dejó de parecer casualidad para convertirse en símbolo de estancamiento.

Hasta Qatar 2022, México acumulaba 60 partidos mundialistas, con apenas 17 victorias, 15 empates y 28 derrotas, además de una diferencia negativa de goles que refleja el verdadero problema: cuando enfrenta a la élite, casi siempre termina perdiendo.

Y quizá ahí está el punto más incómodo de todos.

México no fracasa por falta de pasión. Tampoco por ausencia total de talento. El problema parece mucho más profundo y estructural. Durante décadas, el futbol mexicano aprendió a sobrevivir cómodamente en un nivel intermedio: demasiado fuerte para dominar Concacaf, pero insuficiente para competir seriamente contra las grandes potencias.

Mientras países como Croacia o Marruecos han logrado romper límites históricos con menos recursos económicos, México continúa atrapado en el mismo discurso: “se compitió”, “se dio pelea”, “se estuvo cerca”. La derrota se suaviza, se justifica y termina convirtiéndose en parte de la identidad futbolística.

Y eso también es una forma de mentalidad.

Porque en México muchas veces se celebra clasificar como si fuera el objetivo final. Se festeja llegar a octavos como un logro histórico y perder contra selecciones grandes parece asumirse como algo natural. Existe pasión, sí, pero no siempre una verdadera cultura de exigencia para trascender.

Parte del problema también está en el sistema.

La Liga MX es una de las más poderosas económicamente del continente, pero gran parte de esa fuerza gira alrededor del negocio, la televisión y el mercado local. Durante años se eliminó el ascenso y descenso, disminuyendo presión competitiva en muchos clubes. A eso se suma la limitada exportación de futbolistas a Europa y la dependencia de un modelo donde vender espectáculo parece más rentable que construir una selección verdaderamente competitiva.

Mientras Estados Unidos presume cada vez más jugadores en ligas europeas importantes, México sigue teniendo pocos futbolistas consolidados en la élite mundial. Y cuando aparecen talentos con potencial, muchas veces el sistema termina reteniéndolos más tiempo del necesario dentro de la comodidad económica de la Liga MX.

Pero quizá el problema más fuerte ni siquiera sea técnico.

Es psicológico.

Históricamente, México suele competir bien durante ciertos lapsos contra selecciones grandes, pero cuando llega el momento decisivo aparece la presión, el miedo o incluso una sensación de inferioridad. La historia mundialista parece repetirse una y otra vez: partidos cerrados, oportunidades desperdiciadas y un límite mental que nunca termina de romperse.

El futbol mexicano vive atrapado entre dos extremos: la esperanza constante y la resignación permanente.

Cada cuatro años millones vuelven a creer. El Estadio Azteca volverá a hacer historia en 2026 y el país nuevamente tendrá los reflectores del mundo. Pero la verdadera pregunta ya no es si México puede organizar grandes mundiales.

La pregunta es otra.

¿México realmente quiere construir una mentalidad para competir al máximo nivel… o se acostumbró demasiado a solamente participar?

Porque después de casi un siglo de historia mundialista, las estadísticas ya dejaron de parecer coincidencia.

Y tal vez la mayor condena del futbol mexicano no sea la falta de talento.

Tal vez sea haber aprendido a vivir cómodamente debajo de un techo que nunca termina de romper.

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