BORRAR A CORTÉS NO CAMBIA LA HISTORIA DE MÉXICO

Por: Angel Flores

Durante los últimos años hemos comenzado a mirar nuestra historia desde una perspectiva distinta. Cuestionar el pasado no es algo negativo, al contrario, una sociedad que conoce sus errores tiene mayores posibilidades de no repetirlos. El problema aparece cuando dejamos de estudiar la historia para comenzar a modificarla de acuerdo con lo que actualmente consideramos correcto.

La propuesta de cambiar el nombre de “Paso de Cortés” por “Paso de los Pueblos Indígenas” puede parecer únicamente un cambio simbólico, pero detrás de este tipo de decisiones existe una discusión mucho más profunda: ¿realmente queremos reivindicar nuestra historia o estamos intentando borrar aquello que resulta incómodo de ella?

México no nació siendo México.

Antes de la llegada de los españoles existían en este territorio numerosos pueblos, culturas, lenguas, señoríos y formas de organización completamente distintas. No existía una nación mexicana unificada y tampoco todos los pueblos originarios compartían los mismos intereses.

Y aquí aparece uno de los errores más comunes cuando hablamos de nuestro pasado.

No todos eran mexicas.

Los mexicas fueron uno de los pueblos más importantes de Mesoamérica y formaron, junto con Texcoco y Tlacopan, la Triple Alianza. Su poder alcanzó una gran parte del territorio, pero eso no significa que todos los pueblos estuvieran de acuerdo con ellos. Existieron enfrentamientos, sometimiento, tributos, rivalidades y pueblos que buscaban liberarse del dominio mexica.

Por eso tampoco resulta correcto hablar de los pueblos prehispánicos como si hubieran sido una sola nación enfrentando a un enemigo extranjero.

La historia fue mucho más complicada.

Y entonces llegó Hernán Cortés.

Su llegada significó guerra, conquista, violencia y el inicio de un proceso colonial que transformó completamente la historia de este territorio. También provocó consecuencias devastadoras para numerosas poblaciones indígenas.

Negar esa violencia sería absurdo.

Pero también sería un error convertir la Conquista en una historia sencilla de españoles contra indígenas.

Porque hubo indígenas que combatieron contra los españoles, pero también hubo pueblos originarios que se aliaron con ellos para enfrentar a los mexicas. Tlaxcaltecas, totonacos y otros grupos participaron en diferentes momentos del proceso que terminó con la caída de México-Tenochtitlan.

Esto no justifica la Conquista.

Simplemente demuestra que la historia no puede reducirse a buenos contra malos.

Y quizá ahí se encuentra uno de nuestros mayores problemas actuales: queremos analizar acontecimientos ocurridos hace más de 500 años utilizando únicamente los valores políticos y sociales del presente.

La historia no funciona así.

Después de la Conquista comenzó además otro proceso que terminaría modificando para siempre la identidad de este territorio. Durante siglos convivieron y se mezclaron poblaciones indígenas, españolas y africanas, dando origen a nuevas comunidades, costumbres, formas de hablar, tradiciones y expresiones culturales.

México comenzó a convertirse en algo distinto.

Nuestra lengua predominante es el español, pero millones de mexicanos conservan lenguas indígenas. Nuestra gastronomía tiene raíces profundamente originarias, pero también recibió influencias europeas y africanas. Nuestras tradiciones, religión, instituciones y costumbres son resultado de siglos de encuentros, conflictos y mezclas.

Pretender explicar México únicamente desde su pasado indígena sería tan incompleto como explicarlo únicamente desde España.

Somos consecuencia de ambas historias.

Y por eso borrar a Hernán Cortés de nuestra memoria no hará desaparecer la Conquista.

Tampoco hará regresar a los pueblos que fueron derrotados.

No corregirá las injusticias cometidas hace cinco siglos.

Mucho menos cambiará la sangre, las costumbres, la lengua o la cultura que actualmente forman parte de millones de mexicanos.

Podemos cuestionar a Cortés.

Podemos condenar la violencia.

Podemos reconocer las injusticias cometidas contra los pueblos originarios.

Podemos estudiar las consecuencias del colonialismo.

Pero todo eso puede hacerse sin borrar personajes históricos.

Porque estudiar a una persona no significa admirarla.

Recordar un acontecimiento no significa justificarlo.

Y reconocer una parte de nuestro pasado tampoco significa estar de acuerdo con ella.

Al contrario, conocer la historia completa nos permite comprenderla.

Si comenzamos a retirar nombres porque representan episodios incómodos, mañana alguien más podría decidir eliminar otros personajes porque tampoco coinciden con su propia interpretación del pasado. Y poco a poco podríamos terminar sustituyendo la historia por una versión políticamente conveniente.

Una sociedad no debería necesitar borrar a sus personajes históricos para reivindicar a quienes fueron víctimas de ellos.

Debería tener la madurez suficiente para contar ambas historias.

Porque tampoco debemos idealizar el pasado indígena.

Los pueblos originarios construyeron grandes civilizaciones, desarrollaron conocimientos científicos, sistemas agrícolas, arquitectura, comercio y expresiones culturales extraordinarias. Pero también existieron guerras, sacrificios, sometimiento y conflictos entre diferentes pueblos.

Reconocerlo no disminuye su grandeza.

La hace humana.

Y lo mismo debería ocurrir con Hernán Cortés. No necesitamos convertirlo en héroe ni en monstruo. Necesitamos entender quién fue, qué hizo y cuáles fueron las consecuencias de sus acciones.

Porque la historia no necesita personajes perfectos.

Necesita verdad.

México tampoco necesita elegir entre una raíz indígena y una raíz española.

Tiene ambas, además de muchas otras.

Somos descendientes culturales de un territorio que ya era extraordinariamente diverso antes de 1519 y de una transformación que comenzó con la llegada de Europa y continuó durante siglos.

No somos aztecas.

No somos solamente mexicas.

Tampoco somos españoles.

Somos mexicanos.

Y nuestra identidad nació precisamente de una historia llena de contradicciones, violencia, resistencia, alianzas, supervivencia y mestizaje.

Por eso creo que intentar borrar a Hernán Cortés de nuestra memoria histórica es un error.

No porque debamos defenderlo.

Sino porque no necesitamos borrar aquello que nos incomoda para sentirnos orgullosos de lo que somos.

Una nación madura no es aquella que tiene una historia perfecta.

Es aquella que tiene la capacidad de mirar su pasado completo, incluso cuando duele.

Porque borrar la historia no cambia lo que ocurrió.

Solamente cambia lo que las nuevas generaciones podrán aprender de ello.

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