Por: Angel Flores
Todos los días tiramos cosas que para nosotros dejaron de tener valor. Una botella vacía, una lata, una caja de cartón, un pedazo de cobre o algún objeto que simplemente consideramos basura. Lo arrojamos al bote y dejamos de pensar en ello, como si en el momento en que desaparece de nuestra vista también desapareciera el problema.
Pero para miles de personas en México ocurre exactamente lo contrario.
Mientras algunos vemos basura, otros ven una oportunidad para obtener un ingreso. Mientras nosotros seguimos caminando, hay personas recorriendo calles, mercados, colonias y sitios de disposición buscando aquello que todavía puede tener una segunda oportunidad. Y aunque muchas veces este trabajo es visto con desprecio, detrás de cada bolsa revisada existe una historia que pocas veces nos detenemos a conocer.
México genera actualmente 139 mil 902 toneladas de residuos sólidos urbanos todos los días, de acuerdo con el Diagnóstico Básico para la Gestión Integral de los Residuos 2026 presentado por la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales. Para dimensionarlo, la propia dependencia señala que se trata de un volumen equivalente a llenar aproximadamente diez veces el Estadio Azteca diariamente.
Y lo verdaderamente preocupante aparece después.
Solamente alrededor del 5% de los residuos recibe algún tipo de tratamiento y 72% no cuenta con procesos de valorización. Al mismo tiempo, 36.26% de los residuos generados corresponde a materiales susceptibles de aprovechamiento. Es decir, una parte importante de aquello que llamamos basura todavía tiene un valor que podría regresar a las cadenas productivas.
Aquí es donde aparecen los recicladores.
Personas que recorren las calles buscando PET, aluminio, cartón, papel, cobre, fierro y otros materiales que pueden ser recuperados y vendidos. Su trabajo comienza precisamente donde para nosotros termina la utilidad de un objeto.
Una botella puede parecer insignificante. Una lata puede parecer basura. Un pedazo de cartón puede no representar absolutamente nada para quien lo tira. Pero cuando esos materiales se acumulan por cientos o por miles, adquieren un valor económico que permite que una persona obtenga un ingreso para llevar comida a su casa.
Y esa es quizá una de las partes que menos vemos.
Detrás de quien recoge materiales reciclables no necesariamente existe una persona que “no quiso trabajar” o que “no encontró algo mejor que hacer”. Muchas veces existe alguien que encontró en una actividad informal una manera de sostener a su familia dentro de un país donde millones de personas necesitan generar ingresos diariamente.
El propio diagnóstico nacional reconoce a los recicladores de base como actores prioritarios de la política ambiental. Durante la presentación del DBGIR 2026, la Semarnat destacó expresamente la necesidad de reconocer su participación dentro de la cadena de recuperación y valorización de materiales.
Esto cambia completamente la perspectiva.
Porque esa persona que vemos empujando un carrito, revisando una bolsa o cargando costales no solamente está buscando unos cuantos pesos.
También está recuperando materiales que podrían terminar en un sitio de disposición final.
Cuando alguien recupera una lata de aluminio, ese material puede volver a incorporarse a una cadena productiva. Cuando se recupera PET, puede clasificarse, compactarse, triturarse y procesarse para convertirse nuevamente en materia prima. Con el cobre ocurre algo similar: su recuperación permite reducir la necesidad de extraer y procesar nuevo mineral.
No significa que una sola persona pueda solucionar el problema de residuos de México. Sería absurdo pensarlo así. El reciclaje necesita separación, recolección, clasificación, transporte, procesamiento e industria capaz de reincorporar los materiales. Si alguno de esos eslabones falla, el material puede terminar nuevamente como desecho.
Pero también sería injusto ignorar al primer eslabón.
La recuperación de materiales que realizan miles de personas representa una parte de esa cadena que durante mucho tiempo permaneció prácticamente invisible. El propio INEGI reconoce dentro de la clasificación económica las actividades de recuperación de materiales como PET, latas, cartón, papel, vidrio, fierro, textiles y residuos electrónicos.
El problema es que socialmente seguimos utilizando la palabra “basurero” como si describiera el valor de una persona y no solamente el objeto con el que trabaja.
Y ahí existe una contradicción que deberíamos discutir.
Nos preocupa la contaminación. Nos preocupa ver calles llenas de basura. Nos preocupa que los residuos lleguen a ríos, barrancas y terrenos. Nos preocupa hablar de cambio climático y de contaminación ambiental. Pero al mismo tiempo muchas veces despreciamos a las personas que realizan una de las primeras tareas necesarias para recuperar aquello que nosotros mismos desechamos.
Queremos ciudades limpias, pero pocas veces preguntamos quién recoge lo que dejamos.
Queremos hablar de reciclaje, pero pocas veces pensamos en quién hace posible que una botella abandonada vuelva a tener valor.
Y mientras México genera más de 139 mil toneladas de residuos cada día, la infraestructura continúa siendo insuficiente y desigual. El diagnóstico nacional registra 132 estaciones de transferencia, 39 plantas de selección y apenas 14 plantas de composta, además de 2 mil 250 sitios de disposición final registrados, de los cuales solamente 52 operan como rellenos sanitarios con criterios adecuados.
Por eso el problema nunca fue únicamente enseñarle a la gente a separar una botella.
El problema es mucho más grande.
Necesitamos consumidores que separen, municipios que recolecten correctamente, infraestructura que permita clasificar, empresas que compren materiales recuperados, industrias que los reincorporen y políticas públicas que reconozcan a quienes participan en todo este proceso.
Pero también necesitamos cambiar nuestra manera de mirar.
Porque detrás de un costal lleno de latas puede existir la comida de una familia. Detrás de cientos de botellas puede estar la posibilidad de pagar una renta. Detrás de kilos de cartón puede estar el ingreso con el que alguien lleva a sus hijos a la escuela.
No todos tenemos las mismas oportunidades para generar dinero y no todos encontramos las mismas puertas abiertas. Algunas personas trabajan en oficinas, otras en fábricas, otras detrás de un volante y otras recorriendo las calles en busca de materiales que nosotros ya decidimos desechar.
El trabajo no debería perder dignidad solamente porque nosotros no quisiéramos hacerlo.
Tal vez la próxima vez que veamos a una persona recogiendo una lata de una calle deberíamos dejar de pensar que está recogiendo basura.
Está recuperando un material.
Está obteniendo un ingreso.
Está ayudando, aunque sea desde un lugar muchas veces olvidado, a que una parte de los residuos vuelva al ciclo productivo.
Y quizá lo más importante es que está haciendo algo que México todavía necesita aprender a hacer mejor: entender que aquello que llamamos basura no siempre dejó de tener valor.
A veces solamente dejó de tener valor para nosotros.
Y mientras seguimos produciendo casi 140 mil toneladas de residuos todos los días, miles de personas continúan demostrando que entre lo que tiramos también existe una oportunidad para vivir, para trabajar y, en muchos casos, para sacar adelante a una familia.
El problema es que nosotros vemos la basura.
Pero pocas veces vemos a la persona que está detrás de ella.
DE LA BASURA AL SUSTENTO UNA LABOR QUE MÉXICO TODAVÍA NO SABE VALORAR
