15 HORAS QUE COSTARON UNA VIDA EL CASO QUE EXPONE AL SISTEMA

Por: Angel Flores

El Estado mexicano ha aprendido a reconocer sus errores. Lo dice en conferencias, lo repite en comunicados, lo admite frente a cámaras. Pero reconocer no es sinónimo de corregir. Y cuando se trata de justicia, el tiempo no es un detalle técnico: es la diferencia entre la vida y la muerte.

El caso de Edith Guadalupe, una joven de 21 años desaparecida en la Ciudad de México tras acudir a una supuesta entrevista de trabajo, vuelve a exhibir una realidad que se repite con precisión alarmante. La autoridad tenía información clave desde el inicio: ubicación, indicios, elementos suficientes para actuar. Sin embargo, la propia Fiscalía reconoció un retraso de al menos 15 horas para intervenir en el lugar.

Quince horas.

En un país donde cada minuto cuenta en casos de desaparición, ese margen no es una omisión menor, es una falla estructural. Cuando las autoridades finalmente ingresaron al inmueble, Edith ya había sido asesinada. No fue la falta de datos. Fue la falta de reacción.

Pero el caso no se detiene en la negligencia. La familia denunció que funcionarios solicitaron dinero para “agilizar” la búsqueda. Tres servidores públicos fueron separados por presunta extorsión. Es decir, mientras una familia buscaba a su hija, el sistema que debía protegerla intentó lucrar con su desesperación.

Este punto es clave. Porque mientras la violencia puede ser imposible de erradicar por completo —siempre existirán personas dispuestas a hacer daño— la corrupción dentro de las instituciones sí es responsabilidad directa del gobierno. No es un fenómeno inevitable, es una falla tolerada.

Los datos lo respaldan. En México, alrededor de 10 mujeres son asesinadas cada día. La impunidad en delitos de alto impacto supera el 90%. Y en casos de desaparición, las primeras horas siguen siendo críticas, pese a que los protocolos obligan a actuar de inmediato. La realidad demuestra lo contrario.

El problema no es nuevo, pero sí persistente. Cambian los discursos, cambian los gobiernos, pero el patrón se mantiene: burocracia que retrasa, autoridades que no ejecutan, funcionarios que abusan del cargo y sistemas de control que reaccionan solo cuando el escándalo ya es público.

Hoy se reconoce el error. Antes se ocultaba. Esa es, quizá, la diferencia más visible entre administraciones. Pero en la experiencia cotidiana del ciudadano, el resultado es el mismo: la justicia no llega a tiempo.

Y ahí es donde la narrativa oficial pierde fuerza frente a la realidad.

Porque el ciudadano no mide al gobierno por su capacidad de aceptar fallas, sino por su capacidad de evitarlas. No basta con separar a funcionarios después del daño. No basta con abrir investigaciones internas cuando la presión mediática obliga. No basta con pedir disculpas.

La corrupción cotidiana —la mordida, el “arreglo”, el pago para que el sistema funcione— no es un hecho aislado. Es una práctica extendida que atraviesa instituciones y niveles de gobierno. Basta un solo día revisando las noticias para confirmarlo. No se trata de casos excepcionales, sino de un patrón nacional.

La pregunta de fondo no es por qué existen personas corruptas. Eso ocurre en cualquier sociedad. La pregunta es por qué siguen operando dentro del Estado.

La respuesta es incómoda: porque el sistema lo permite. Porque los mecanismos de control fallan. Porque las sanciones rara vez llegan. Y porque, en muchos casos, la corrupción ya no es una desviación, sino una forma de funcionamiento.

El caso de Edith Guadalupe no solo es un feminicidio más en las estadísticas. Es un reflejo de cómo la delincuencia puede esconderse en lo cotidiano —una entrevista de trabajo, un edificio común— y de cómo el Estado puede fallar incluso cuando tiene todo para evitarlo.

Y entonces queda lo de siempre: conferencias, investigaciones, discursos y promesas de que “no quedará impune”.

Pero para la familia, para las víctimas, para quienes viven con miedo, la justicia que llega tarde no es justicia.

Es apenas una explicación de por qué el sistema volvió a fallar.

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